6 de agosto de 2013

Blanca Wiethüchter (La Paz, 1947 – Cochabamba, 16 de octubre de 2004)

De "La Lagarta"

(fragmento)
Yo que soy profunda

                              lóbrega


como la tierra


húmeda y caliente.
Yo que soy nocturna mirada como ella


aunque ciega de los pies


voy girando en otro tiempo


tenazmente hacia la muerte.


Yo que soy como ella


la amo


                  planetariamente


como si fuera mi sombra.

Este es mi cuerpo


nido de ojos furtivos


acostumbrados al miedo


—esa manera de pensar el mundo


en la penumbra


                  (umbral que ella crea


                  para engendrar la piedra.


                  
Oscuridad que nos queda


                  después del inaudible grito).
Este mi cuerpo subterráneo


envuelto en sedas de innumerables fuegos


es mi cuerpo profundo que se está yendo


y sin embargo pregunto


¿quién es, quién es la que se queda y mira


cómo se va, cómo se está yendo


este mi cuerpo llorado por otro cuerpo


de la tierra amado y sombra?






 
El Reposo
Entro en mi casa
y me alojo en su centro
esperando la temperatura
que enmudece los ruidos inútiles.
En un andar del silencio
comienza el mundo
en un olor a fuego
en una hoja
en un cambio de sábanas
en una gana de hacer cosas
no siempre precisas.
Ya no soy la misma
y mis pasos en la voz
resuenan más oscuros.
Otro es el sol que arde
en los crepúsculos que contemplo
viajera inmóvil
            pienso
sólo quiero cuidar de lo vivo
         y tener luz
            para él
                  y mis niñas. 



De "Madera viva y árbol difunto"
(epílogo)
Me he muerto a mí misma

y eso me conmueve sobremanera.

Volver a preparar mi desaparición

me consuela y me desgasta.

Pero puedo seguir la curva de mi brazo

lo que me da la medida de mi soledad

y puedo morderme el vientre de nuevo

lo que enciende el sumidero

en el que temo caer para siempre.
Amo este mi cuerpo árido

sin solicitud, con avaricia

mi negro hombro infantil

que se desplaza según el cielo

que diseña todo invierno.
(No conozco otra estación que el despojo.)
Todavía no me interrogo

sobre lo que significa para mí

esta nueva derrota en mi historia.

Me pregunto cuántas veces aún

tendré que ofrecer mi cuerpo

para cambiar de nombre

y llamarme solamente a mí

con mi claridad desamparada

y mi oculta herida sin balanza.
Me pienso a veces

con el orgullo de una estrella

y alguien en mí se mofa del algodón

con un canto de sirena entre los senos

no entiende nada de las hormigas

ni del placer de mirarse morir

matando lo harto que todavía hay en mí

de niña tierna y maternal.
Pocos son los que comprenden el fuego que se está quemando

y que puedo morir de verdad morir de verdad

sin un signo de locura.
 
 

15 de abril de 2013

Julia Prilutzky Farny ( Kiev, Ucrania, 1912 - Buenos Aires, Argentina 8 de marzo del 2002)

Quiero hablar de tu amor, porque es el mío...

Quiero hablar de tu amor, porque es el mío:
decirme tu impaciencia y tu sorpresa,
tu soledad de mí que en mí no cesa,
tu sed que ignora el borde del hastío.

Quiero decir tu dulce desafío,
tu inseguro temblor y tu certeza,
tu júbilo que es casi una tristeza,
tu miedo indetenible como un río.

Quiero hablar de mi amor, porque es el tuyo:
porque estoy en el grito y el arrullo
-desesperado actor, mudo testigo-

porque soy quien se va pero regresa
para morder tu mano, mientras besa,
porque soy el que otorga. Y el mendigo.



Porque la tarde es gris y todos hablan...

Porque la tarde es gris y todos hablan
yo escucho dilatarse un gran silencio.
Las gentes van juntando más palabras:
yo no sé de sus voces ni sus ecos.

Los árboles se alejan lentamente
entre la tibia niebla del paseo
mientras las frases caen como gotas
y apenas van cambiando los acentos.

Porque la tarde se va haciendo noche
los murmullos son más, los ruidos menos
y los pájaros se hunden en la sombra:

aún los oigo cantar; ya no los veo.
Tanto sonido inútil, derramado,
si dos palabras bastan hoy: te quiero.



Lluvia
Llueve otra vez. Llueve de nuevo. Llueve:
siempre el amor me llega con la lluvia.
Sobre la calle una llovizna breve
y aquí en mi corazón, cómo diluvia...
Llueve. Y el agua cae sin relieve
sobre las piedras, ávidas de lluvia.
Aquí en mi corazón, cómo remueve;
aquí en mi corazón, cómo diluvia.

Siempre el amor me llega así. Sin ruido,
con silencioso paso estremecido:
niebla menuda que después diluvia.
Siempre el amor me llega así, callado,
con silencioso andar desesperado...
Y no sé dónde estás. Y está la lluvia.
 

20 de marzo de 2013

Elena Vera. (Caracas, Venezuela 1939-1997)



XV
Y llevaré los tres pelos de gato
hasta la colina
y levantaré el cuchillo del sacrificio
y lavaré mi cuerpo
con el agua enlunada
y me untaré con la savia
de la flor misteriosa

Por ti regresaré a las hechicerías
está escrito


XX
Ando empapada de muerte
porque después de ti
vendrán
aaaaaaael miedo
aaaaaaaaaaaaaaaa y
aaaaaaaaaaaaaaaaaaala ceniza
los largos días ya vacíos
el aire sucio de las calles.






Actos de fuga

Percibo ya / actos de fuga //

En verdad ya existíamos poco / pero / estos

desgastes transitorios

nos vuelven delicados / durante muchos días /

convalecientes //

Salgo / pues / de tu espacio / número inexisten-

te / apenas / reverenciado //

Quédate con la delirante melancolía / de las

tardes/

No averiguaré / tu sombra




Huésped.

No me siente usted en su alta mesa

no me tiente con sus manjares delicados

no me dé a beber de ese licor exquisito

no me deslumbre con sus ademanes

no resquebraje la aparente frialdad de mi cuerpo

no entre así, viento terrible, en mis días

no me enseñe el otro lado del poema

no me decrete nuevas emociones

no le conceda otro ritmo a mis noches

no borre la verdad de mis amaneceres

no diga que me ama

tendría miedo a la melancolía de la ausencia

Deme posada en el último cuarto

allí

donde nadie sepa

un sorbo de agua, apenas, para la sed

y sopa caliente para confortar el cuerpo

me iré cuando haya descansado


entraré

suavemente

en la noche

y caminaré bajo las estrellas.